| L O Q U E H A Y Q U E V E R |
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VIA DE LA PLATA
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Hace tiempo que Extremadura se sacudió de cualquier sombra de complejo y tomó conciencia del valor de su patrimonio histórico y de la belleza muda de su naturaleza. Despertó tarde a las mieles del turismo, pero ha sabido comprender la ventaja de su demora: está a tiempo de mostrarse al mundo...
...preservando su biodiversidad, mimando su legado milenario y manteniendo esa cotidianeidad aferrada a las tradiciones que respiran sus pueblos.
Una de las mejores opciones para redescubrir la región es recorrerla de principio a fin por caminos milenarios como los romanos de la Vía de la Plata, que unía Arturica (Astorga) con Augusta Emerita (Mérida), y el que se considera su continuación hacia Hispalis (Sevilla).
Emprender la marcha con rumbo norte es partir desde Monesterio, la puerta a Extremadura por el sur. Los paneles y monitores del centro de interpretación de la Vía de la Plata, que abrió no hace mucho en la localidad, se afanan en mostrar las imágenes más favorecedoras y los datos más espectaculares de los paisajes, monumentos, pueblos y ciudades que encuentra a su paso la Ruta. Pero ni el mejor de los textos ni la más sugerente de las fotografías harán justicia nunca a la sensación de emprender camino, buscar los tramos de la calzada romana original que aún se conservan y saberse sobre las mismas piedras que guiaron los pasos de romanos, musulmanes o peregrinos cristianos con el alma puesta en Guadalupe o Santiago de Compostela.
Extremadura quiere que estos caminos recuperen el valor que tuvieron en otros tiempos y vuelvan a elevarse como referencia incontestable en el ir y venir por la Península. Con esas miras se puso en marcha un ambicioso proyecto en los años noventa, que ha desembocado en la recuperación de buena parte del trazado de la antigua calzada y de los monumentos y conjuntos arqueológicos e históricos más significativos que ésta muestra a su paso.
Desde Monesterio, y siempre hacia el norte, se llega al pueblo que vio nacer al gran Francisco de Zurbarán, Fuente de Cantos, donde conviene parar en la casa museo del pintor antes de poner rumbo a Sevilla la Chica, Zafra. El corazón de esta ciudad de entusiasta vida comercial tiene torre y almenas. Se trata del Alcázar de los duques de Feria, del siglo XV, convertido hoy en parador de turismo. Desde allí podrá descubrir placitas, conventos, calles encaladas, casas señoriales y decenas de rinconcillos bucólicos.
Dejamos atrás Zafra para adentrarnos en la comarca de Tierra de Barros, en la que las viñas acompañan al viajero a su paso por pueblos llenos de sabor —más allá del de sus vinos—, como Los Santos de Maimona, Villafranca o Almendralejo. Conforme los pasos se aproximan a Mérida se va entendiendo que este camino es un juego de tiempos. Del tiempo presente que transcurre despacio en la vida de los pueblos que atraviesa, tan despacio, que a veces casi se toca con las manos. Del tiempo pasado al que nos devuelve cada paso que se da sobre las piedras que fueron colocadas hace dos mil años. Mérida es, sin duda, el plato fuerte del juego: un istmo del tiempo desde el que bucear a pulmón libre en la Historia.
VISITAS OBLIGADAS. Pasar por Mérida y no visitar el teatro y anfiteatro romanos, el Museo de Arte Romano de Mérida o dejar de contemplar el templo de Diana o el acueducto de Los Milagros debería estar penado con un cara a cara con los leones.
La ruta sigue su andadura hacia el norte por las vegas altas del Guadiana y entre encinares y alcornocales. Casas de Don Antonio será la localidad que haga los honores de bienvenida a la provincia de Cáceres. Su puente romano dará buena fe de que se siguen los pasos de la calzada romana original y, muy cerca de allí, un miliario confirmará la senda. Mérida es una de las dos ciudades Patrimonio de la Humanidad por las que pasa la vía extremeña; la otra es Cáceres. Casonas, iglesias, palacios, cigüeñas y un ambiente joven y despierto que merece vivirse en sus calles tras la caída del sol serán los mejores recuerdos que saborear cuando llegue el momento de dejarla atrás para echarse de nuevo a los campos extremeños.
Tras salvar las aguas del Tajo y del embalse de Alcántara se llega a Plasencia, un susurro medieval apostado a orillas del río Jerte donde merece la pena detenerse. Camino adelante, nuestros pasos darán con un arco que a estas alturas resultará familiar a quien venga realizando el recorrido porque su figura aparece en cada uno de los hitos de granito que señalan el camino. Se trata del arco de Cáparra, el único arco romano de cuatro columnas que existe en España y que se ha erigido como símbolo de la Vía de la Plata a su paso por Extremadura.
La penúltima parada imprescindible del camino espera en Hervás. Sólo por perder los pasos al atardecer por su barrio judío compensa llegar hasta allí. El viaje llega a su fin en Baños de Montemayor, cuyos balnearios vienen reconfortando, desde tiempos romanos, a los viajeros que recorrían el oeste peninsular. ¿A alguien se le ocurre una manera mejor de terminar el camino?
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